Más espejos menos ventanas

Tuve una sobremesa de café con buenos amigos. En esta agradable charla alrededor del aroma de café y de muchos carbohidratos, además de la culpa en cada mordida a los postres, abundaron temas que seguramente también usted ha tenido con sus amigos y familiares: el problema de la violencia, las deshumanización de la sociedad, los cambios climáticos, la banalidad que muestra la juventud, lo difícil de la economía, la promiscuidad y decaimiento sexual de la nueva generación, la abundancia de divorcios y adulterio en las parejas de nuestra edad, la corrupción en el gobierno y la carencia de políticos honestos, confiables y comprometidos.

Esa tarde, como muchas otras, escuché y compartí anécdotas, noticias y opiniones sobre las acciones erróneas de otras personas. Con singular alegría volaron afirmaciones sólidas y sin sustento sobre actos ilícitos de gobernantes; la gordura, adicción y otros escándalos de la gente del mundo del espectáculo y los vicios de conocidos y de conocidos de conocidos que alguien nos dijo que se había enterado. Chismes.

Las estadísticas nos dicen que los deportes más populares del mundo son el voleibol, el futbol y la fórmula 1, sin embargo si hablar del prójimo fuera considerado un deporte, seríamos el planeta con la mejor condición física del universo. ¿Por qué somos así? seguramente algo tiene que ver el dulce sabor que produce hacerlo, por algo le llamamos charla de sobremesa; como que sabe bien acompañada de café, té o un digestivo; sin embargo considero que hay otra razón, sumamente fuerte, que nos lleva a hablar de los errores del prójimo: no hablar de nuestras propias faltas.

La mayoría de las personas tenemos un serio problema de auto engaño, juzgamos a los demás por sus actos y a nosotros por nuestras intenciones; por lo mismo justificamos en nuestra persona las mismas acciones que criticamos en los demás. Lo que en alguien más es un acto corrupto, en nosotros es “como funciona el sistema”. Los demás son unos delincuentes de cuello blanco, pero en nosotros está justificado “porque todos lo hacen”. En ellos es su naturaleza malvada y en uno, la única alternativa para operar. Los vicios y adicciones que en otros son parte de su naturaleza pervertida, en nuestra vida son simples debilidades, naturaleza humana. Si en ellos es una forma de vida pecaminosa en nosotros son resbalones. Ellos y ellas son adúlteros, pero nosotros simplemente estamos luchando por nuestro derecho a ser felices.

Qué fácil y goloso es ver la paja en el ojo ajeno y qué difícil ver la viga en el nuestro. Es urgente reconocer que lo que nuestra sociedad requiere es dejar de criticar a los demás y empezar a cambiar nosotros. Quizás algunos pensemos que nuestras faltas no son de la magnitud de las de los poderosos, pero tal vez la única diferencia radica en el nivel de poder que poseemos. Quien es falto de carácter en lo poco, seguramente también lo será en lo mucho y quien se atreve a ser fiel en cada pequeño detalle será más fuerte para mantener su integridad ante las grandes tentaciones.

Si nuestra vida fuera expuesta públicamente, ¿de qué nos avergonzaríamos?, ¿qué actos anhelaríamos que fueran borrados?, ¿cuándo fue que realizamos nuestro último acto

incongruente?, ¿cuántas acciones nuestras podrían ponerse como buen ejemplo ante los demás y ante las nuevas generaciones?, ¿cuáles serían una terrible referencia?

Todos tenemos mucho que trabajar en nuestra integridad. Mi intención no es crearnos condenación, sino conciencia. Pretendo hacer y hacerme un llamado a retomar la gran oportunidad de vivir con la paz que produce de no tener actos que nos persigan y atormenten.

Tal vez parte de la solución a nuestra tendencia al auto engaño es que tanto en privado, como cuando conversamos en público, basemos nuestras reflexiones y charlas en mirar menos a través de las ventanas y poner más atención en los espejos.

El autor es experto en desarrollo humano y organizacional. Director de la firma Efectividad Humana. Comentarios a: info@rafaelayala.com

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